miércoles, 19 de mayo de 2010

1940


¿Qué iba a suceder, segunda señora de Winter?
Tenías todos los motivos para arrojarte por la ventana.
Maxim no se olvidaba de Rebecca. Y Manderley estaba lleno de malos recuerdos, de garras fantasmagóricas que atrapaban en los corredores y serpenteaban a través de tu inocente espíritu.


¿Qué podías hacer, segunda señora de Winter?
Era 1940. La guerra del invierno hacía acto de presencia, y los nazis habían ocupado París.
Sí, los que aspiraban a dominar el mundo se hacían fotos delante de la Torre Eiffel.


Los bombardeos empezaban sobre Gran Bretaña, y España sería de los nacionales para siempre. Ni el estreno de "El Concierto de Aranjuez" podía iluminar las tinieblas del año.
Se había aislado el plutonio.
Y habían matado a Trotsky en México. ¿Quién iba a parar a Stalin? ¿O daba exactamente igual?


Qué difícil parecía conseguir lo deseado.
El corazón de Maxim y tu puesto en Manderley. Conseguir la paz y reventar por los aires la soberbia de Hitler y todos los demás sátrapas, hasta que los devorara el juicio de la Historia.
Parecía demasiado complicado, los pronósticos del futuro no eran buenos y tirarse por la ventana era una buena opción.


En 1940, Winston Churchill prometía "sangre, sudor y lágrimas" en su discurso inaugural.
Llegaba al poder, decidido a que Gran Bretaña se mantuviese a flote.


Que Francia se hiciese de Vichy no parecía un buen augurio, ni lo fue la destrucción de Coventry por la Luftwaffe.
Se asemejaba a la rutina del Aprendiz de Brujo de "Fantasía", el mismo que acarreaba cubos de agua con mucho esfuerzo, pero no obtenía ningún resultado.


Pero Churchill, el del discurso inspirado e inspirador, insistía: "Nunca nos rendiremos".
Y, quizá por él, se resistió a lo que parecía inevitable.


Adolf Hitler amenazó de muerte a Charles Chaplin cuando vio "El Gran Dictador", que parodiaba al líder nazi y lo calificaba de todo, menos de grande.


Hitler, que se había visto a sí mismo en el espejo de la Grandeza, se observaba caricaturizado en la última película de Charlot.
Se ilustraba al dictador como un niño caprichoso, que jugaba con el globo terráqueo como su balón y cuyos micrófonos se retiraban asustados de sus gritos.
Oh, Adolf, la verdad dolía tanto.


A mediados del año, Hitler proponía un acuerdo de paz a los británicos, bajo sus términos. A los dos días, las condiciones alemanas fueron rechazadas.
Y no quedó suficiente Coventry para aplacar la rabia hitleriana.


Se inaguraba el primer MacDonald's y comenzaba el tercer período presidencial de Roosevelt; los norteamericanos no se involucraban en la guerra, pero sus simpatías diplomáticas ya se contaban del lado de los aliados.
Su embargo comercial de acero a los japoneses predecía momentos decisivos.


El cine era templo sacralizado de los mejores refugios. Y una bonita mentira.


Por ejemplo, aquella Viena de "El Bazar de las Sorpresas", donde había que creerse que James Stewart y Margaret Sullavan eran centroeuropeos y no sabían nada de guerras.
Pero había guerra en Europa. Eso nadie lo dudaba.
Y Hollywood acogía a directores del Viejo Continente y los introducía en nómina.
A cambio del asilo, éstos le dieron sus mejores películas.


El británico Alfred Hitchcock llegaba en 1940 y se marcaba una deslumbrante "Rebecca", apoteosis del sueño, del recuerdo, del romanticismo, del suspense, de las mansiones neogóticas y de las inquietantes amas de llaves.


Hitch también ofrecía "Enviado Especial", denuncia del espionaje nazi y llamada contundente a la ruptura de la neutralidad.


Y ya lo decía Jimmy Stewart: Había algo grande en Kate.
Katharine Hepburn volvía, por fin, al cine con la parlanchina "Historias de Filadelfia".


Se depositaban los deseos en las estrellas, como bien enseñaba Pepito Grillo, y el corazón era un cazador solitario, según Carson McCullers.


Las noticias de la guerra que ofrecía la radio terminaban en un instante, y las melodías de Bing Crosby y Glenn Miller irrumpían, seduciendo las vigilias.


¿Qué fue de ti, segunda señora de Winter? Fuiste valiente en 1940 y cerraste la ventana. Luchaste y ganaste.


¿Y la malvada Señora Danvers? Ahí ardió en el infierno.

2 comentarios:

Atticus Grey dijo...

Y 1940 en los Oscares, cómo no, fue el año de Selznick y Lo que el Viento se Llevó, santificada aún más con sus 10 estatuillas doradas. Fue el año en que Judy Garland obtuvo el único Oscar de su carrera, y de la última nominación infructuosa de Greta Garbo al borde del retiro. ¡Saludos!

Athena dijo...

Apunto estuve de llamarme Rebeca... cinéfilos que son mis padres :)