viernes 27 de enero de 2012

Cita con Jack Davenport


Las series norteamericanas parecen haber incluido una nueva cuota étnico-cultural: el personaje british.
Concebido como el colmo de la finura, allá resuena con frecuencia el inconfundible acento de los súbditos de la Corona británica en las ficciones de la tele yanqui.


Jack Davenport es buen ejemplo de esa tácita British invasion, a la que se ha apuntado encantado desde hace años.


Conocido por el gran público como el villanísimo lechuguino de "Piratas del Caribe", Davenport tiene una carrera larguísima en cine y televisión, con más de un indicio de camaleonismo.


Jack es hijo de Nigel Davenport, aquel prolífico actor secundario de la escena inglesa.


Nigel fue quien le introdujo el amor por la interpretación a su hijo, poco antes de anunciar su propia retirada tras más de 100 películas.


Como su padre, Jack Davenport no hace ascos y sabe que las segundas filas artísticas son más duraderas que las primeras.


Para los no iniciados en la devoción davenportiana, ahora tendrán la oportunidad de descubrirlo en la serie "Smash".
En ella, Jack interpreta a un director de musicales de Broadway, tan antipático como talentoso.


Si es cierto que la serie tiene el éxito esperado, su personaje será el último grito en bordes sexys.


De momento, hemos visto el piloto - filtrado intencionadamente por la cadena - y podemos decir que el resultado está lejos de encantarnos.


Digamos que "Smash" es más adecuada que apasionante, y su carta de presentación no roba corazones.
No obstante, cuenta con muchos atractivos. Y Jack es uno de ellos, que irrumpe potenciando esa poderosa mezcla de apostura elegante y apariencia desaliñada.


La televisión es terreno conocido por Jack Davenport desde hace tiempo.


El público de su país lo identifica por "This Life" y "Coupling", pero la audiencia norteamericana no acaba de situarlo.


Las anteriores series norteamericanas en las que participó fueron dos aventuras canceladas en su primer año: la desastrosa "FlashForward" y la infravalorada joya "Swingtown".


No hay nada que lamentar, piensa Jack. Ahora cruza los dedos y sólo piensa en "Smash".


Sus fans se hacen legión y lo elevan a la categoría de guapo de culto, presto a ser descubierto y finalmente vindicado.


Todo sea por sus mil talentos, su mirada, su cabello intercambiable y esa boquita que se tuerce para un lado cuando habla.


Y, como le sucede a muchos hombres, mata cuando se deja la barba.


Conocerlo es querer saber más de él y aspirar a bailar a su lado.


Que hoy se escriba el nombre de Jack Davenport en tu agenda maromial.


Considéralo una apuesta segura.

miércoles 25 de enero de 2012

Dulce "Revenge"


"Esta no es una historia sobre el perdón", anuncia Emily Thorne, consumida por la fría astucia de su venganza, la misma que ebulle en un paraíso de mansiones solariegas, bares pesqueros y tés de media tarde.


Así vive la sorprendente "Revenge", pura penetración hecha serie.
Sin prisas, ha querido introducirse hasta la médula del espectador, dejándolo adicto y obsesionado en cuestión de episodios.


Reinterpretación pop de "El Conde de Montecristo", "Revenge" nos relata una ascensión social vertebrada a través de la sed de vendetta.


Su intrigante protagonista, Emily Thorne, llega a The Hamptons, exclusiva localidad de veraneo de la alta sociedad neoyorquina.
Se presenta como una bella multimillonaria, ávida por introducirse en saraos e influencias.


En realidad, Emily es Amanda Clarke, de vuelta a casa.
Emily/Amanda busca cobrárselas a todos los culpables de la desgracia de su padre, que falleciera en la cárcel sin posibilidad de probar inocencias propias y vilezas ajenas.


Emily tiene muchos nombres a tachar en rojo, pero la gran ballena blanca se llama Victoria Grayson, suprema reina de celebraciones postineras y sonrisas hipócritas.


"Revenge" es última reivindicación de la soap opera, al mismo tiempo que la maneja a su antojo desde sus propias convenciones.


Hablamos del género de las mujeres malvadas, las escaleras, los flashbacks y las escandalosas revelaciones en el último momento.
Bajo esa apariencia derivativa, "Revenge" deja correr un subtexto finamente entretejido, donde una emoción oscura - la venganza - es motor y espíritu.


Por ello, la protagonista no conoce de maniqueos terrenos del bien.
Emily/Amanda es una mujer taimada, sin ganas de pedir perdón ni esperar disculpa, cuyos amigos se harán peones de su implacable juego.


En "Revenge", quien manipula y ataca con premeditación es la protagonista, edificada como una antiheroína absoluta, mientras la villana será la víctima de los acontecimientos.
El amor y el arrepentimiento serán eventuales talones de Aquiles de ambas, lo que propiciará el cambio de papeles y el suspense del juego.


"Revenge" se lanza como una variante de melodrama catódico, tintado de Highsmith y expertamente confeccionado.
Mientras, sabe vender el exceso, la incongruencia y la excitación WTF como pocos dramas de su estilo.


Detrás, el buen oficio de su creador, Mike Kelley, reconocido experto en estas lides.


¿Algo que objetar?
Sí, confieso que el asunto maromial de "Revenge" es escaso y poco distinguido, si descontamos el estupendo James Tupper y el notable Nick Weschler.


Porque "Revenge" es reino de las mujeres, especialmente esas que saben mandarse a la mierda entre ellas sin perder la compostura.
Ahí irrumpe Madeleine Stowe, convertida rápidamente en la estrella de la serie.


Bella de cierta relevancia en la década de los noventa, Madeleine nos recuerda ahora lo que sabíamos desde los tiempos de Jane Wyman: una carrera irregular se solventa con una genial perra catódica.


La Stowe saca partido de esa nueva cara de bicha, que le han concedido tanto los años como los atropellos cosméticos, para incorporar el papel más estimulante con el que se ha tropezado en lustros.


Todo dentro de uno de los mejores estrenos de 2011, que se aposenta cómodamente en los miércoles de la ABC.
Con trece capítulos emitidos hasta la fecha, sus responsables y sus seguidores pueden respirar tranquilos, ante unos datos de audiencia más que favorables.


Ahora Mike Kelley nos informa que su "Revenge" es una serie que se mueve y muta.


Asegura que la conclusión de este primer año supondrá también el final de la historia de Emily Thorne, con el objetivo de desarrollar distintas sagas de vendetta en cada temporada.


Ansiosos esperamos más "Revenge" cada semana, porque es justo lo que necesitábamos.
Por un lado, revive un género inigualable.
Y, por otro, nos devuelve una imagen que adoraríamos ver en la realidad: la puesta en evidencia de un puñado de ricachones inmorales.


Dulce venganza, bendita ficción.

lunes 23 de enero de 2012

La Insoportable Megauploadización del Ser


El último jueves fue el día elegido para la caída del imperio Megaupload.
Gestor de archivos devenido en centro de descargas a mansalva, Megaupload se había convertido en herramienta predilecta de los ciberusuarios, 45 segundos mediante.


El escándalo de la filtración de "Lobezno" fue el momento decisivo. Por un lado, puso a Megaupload en la mira del FBI.


Por otro, popularizó la web como el lugar donde encontrarlo todo. Aseguraba eliminar el contenido protegido por copyright, pero en el interín, ahí estaba, for all the world to see.
Desde entonces, Megaupload ha sido diana de los dardos de la industria del entretenimiento.
Era invocado como esa especie de Salvaje Oeste, donde valía todo y no había que pedir mayor permiso, 45 segundos mediante.


¿Dónde comienza el problema?
La industria cultural, en términos amplios, ha demostrado su anacronía con lo que ocurre en las redes.
Sus protocolos de publicación siguen siendo excesivamente largos frente a la inmediatez que requieren ahora las audiencias.
En otro tiempo, daba igual ver "Dinastía" en 1986 que en 1989. Hoy, hay que consumir el último episodio de "Revenge" al día siguiente de su emisión natural.


Sin otra alternativa conocida, asequible o regularizada, la comunidad internáutica incurre en el download, potenciado por las copias ilegales de contenido audiovisual o literario.
La piratería es un acto delictivo, nadie puede negarlo. Así lo reza la ley, y aceptar su incumplimiento es clamar al desastre.
Que un producto sea más barato, implica que sea más manipulable. Que sea gratis y corra impune, asegura su banalización.


Pero vivimos en un tiempo de ladrones, y Kim Schmitz se nos ha contado como Robin Hood.
Se le llama el mal menor en relación a otros males mayores, donde quizá el FBI debiera centrar sus ocupaciones.


En líneas generales, las polémicas derivadas confunden los términos sobre lo legalmente permisible y lo moralmente aceptable.
Por un lado, tenemos el derecho de autor, irrenunciable, basado en el reconocimiento y el respeto a la integridad de los originales.
Su provecho económico se ha dado originalmente a los artistas como un modo de supervivencia ante una profesión tambaleante y errática; sus creaciones quedan así consideradas como un legado, tanto para los firmantes como para el resto del mundo.


Como todo en esta vida, se ha bastardeado y malentendido.
La industrialización del arte y el entretenimiento ha querido confundirlo con el cobro sistemático e interesado de los beneficios de la explotación de las obras.


De esa obra convertida en bien eterno, se aprovechan desde los responsables de la edición hasta los herederos del autor.
Pero no es tanto la explotación económica como lo que conlleva.
Atrapada en protocolos, la obra se retrasa, se hace exclusiva, a veces incluso desaparece durante años.
Vive sometida a la lentitud que implica el copyright, y sujeta a los caprichos de editoriales, autores y terceras partes.


Recuerdo una entrevista que concedió Geraldine Chaplin, donde habló de la controversia que mantenía con su hermano, Charles Jr.
Éste quería que las obras de Charlot fueran exhibidas de manera excepcional y reservada, mientras Geraldine recordaba que las películas de su padre pertenecen a ese mismo público que las amó y las hizo clásicos.


Traficar y lucrarse repetidamente con las obras artísticas es tic de legales e ilegales.
Cuando, en realidad, el usuario medio sólo persigue poder conocerlas.
Las empresas del entretenimiento deberían adecuarse a esa legendaria demanda, ahora viable gracias a Internet.
Es capaz de hacerlo, pero no quiere. Las majors estadounidenses no desean estar a tu servicio, sino que consumas bajo el menú que te dicten y con la cadencia que ellas prefieren.


Con todo, no me gusta Megaupload, ni el señor Kim Schmitz.
Me rechina ese panal de rica miel que se ha construido, con esa inquietante laboriosidad de todo hacker.


Porque Megaupload no se limitaba a compartir archivos para que el mundo fuera más feliz; ofrecía incentivos económicos para quien consiguiera una copia del más inminente estreno y movía capitales con la destreza del que sabe robar.
Además, imponía esa cuenta Premium, otorgando la sensación al usuario de que, pagando por la sesión, su pecado es menor.
En realidad, es mayor, porque está beneficiando fortunas personales plagadas de irregularidad.


La caída de Megaupload no es el fin definitivo del homo downloadis, ni por asomo.
Cerraron Napster en una ocasión, dieron carpetazo a varios Edonkey Servers en otra, y el asunto, simplemente, se intensificó.
Chapar esta web de descargas es un golpe de efecto del FBI, que no resuelve el problema ni aspira a ello. Es sólo una advertencia contra el descaro.


El nuevo Ministro de Cultura español, Ignacio Wert, ha comparado la persecución de la piratería en Internet con la lucha contra el narcotráfico.
"No se castiga a quien consume, sino a quien trafica", dijo.


Esa comparación es perfecta, porque expresa lo que ya sospechábamos.
Salvando las distancias, la descarga masiva es como la droga; esa sinvergonzonería inevitable, casi venial, que prefiere quedarse en los márgenes de la ilegalidad y perseguirse cuando la cosa se torna obscena.


Nadie te va procesar por descargarte "Fringe" el sábado por la mañana, pero, por favor, no des el cante.
Los porros te los fumas en casa.


De resultas, cualquier ley que devenga en contra de las descargas tendrá la misma efectividad que la Ley Seca. Una pura hipocresía, para calmar a unos y sofocar a otros.
Legislativamente, el derecho de autor tiene menos valor que otros derechos que se perjudican en cualquier vigilancia internaútica, y así lo han contemplado las resoluciones judiciales al respecto.


Del mismo modo, la industria de telecomunicaciones es más poderosa que la cultural.
Si descargar películas y series está tan mal visto por la ley y el orden, ¿por qué tienes tantos megas de velocidad en tu router?


Insisto en que el entertainment tiene que comprender que los hábitos de consumo han cambiado radicalmente y debe hallar las alternativas precisas para ajustarse a ello. Y, de paso, asegurar su supervivencia.
Ya lo hizo la música con el Spotify, programa asequible y de mucha calidad, donde se ha demostrado que acceder nos importa más que descargar.


Pero Dios los libre de anteponer la sensatez y la previsión al llenarse los bolsillos hoy y ahora, tantos a unos como a otros.
Reinan las medias tintas y el olor a podrido en todas las cocinas, mientras el destino ya se encargará de alcanzarnos mañana.


No te preocupes. El chollo will go on.
Al fin y al cabo, que estés todo el día metido en tu casa hartándote de series y películas porno provoca sonrisas de satisfacción en las mejores cúpulas.
Opios del pueblo. Han cerrado un garito, ya encontrarás otro.