
El último jueves fue el día elegido para la caída del imperio Megaupload.
Gestor de archivos devenido en centro de descargas a mansalva, Megaupload se había convertido en herramienta predilecta de los ciberusuarios, 45 segundos mediante.

El escándalo de la filtración de "Lobezno" fue el momento decisivo. Por un lado, puso a Megaupload en la mira del FBI.

Por otro, popularizó la web como el lugar donde encontrarlo todo. Aseguraba eliminar el contenido protegido por copyright, pero en el interín, ahí estaba, for all the world to see.
Desde entonces, Megaupload ha sido diana de los dardos de la industria del entretenimiento.
Era invocado como esa especie de Salvaje Oeste, donde valía todo y no había que pedir mayor permiso, 45 segundos mediante.

¿Dónde comienza el problema?
La industria cultural, en términos amplios, ha demostrado su anacronía con lo que ocurre en las redes.
Sus protocolos de publicación siguen siendo excesivamente largos frente a la inmediatez que requieren ahora las audiencias.
En otro tiempo, daba igual ver "Dinastía" en 1986 que en 1989. Hoy, hay que consumir el último episodio de "Revenge" al día siguiente de su emisión natural.

Sin otra alternativa conocida, asequible o regularizada, la comunidad internáutica incurre en el download, potenciado por las copias ilegales de contenido audiovisual o literario.
La piratería es un acto delictivo, nadie puede negarlo. Así lo reza la ley, y aceptar su incumplimiento es clamar al desastre.
Que un producto sea más barato, implica que sea más manipulable. Que sea gratis y corra impune, asegura su banalización.

Pero vivimos en un tiempo de ladrones, y Kim Schmitz se nos ha contado como Robin Hood.
Se le llama el mal menor en relación a otros males mayores, donde quizá el FBI debiera centrar sus ocupaciones.

En líneas generales, las polémicas derivadas confunden los términos sobre lo legalmente permisible y lo moralmente aceptable.
Por un lado, tenemos el derecho de autor, irrenunciable, basado en el reconocimiento y el respeto a la integridad de los originales.
Su provecho económico se ha dado originalmente a los artistas como un modo de supervivencia ante una profesión tambaleante y errática; sus creaciones quedan así consideradas como un legado, tanto para los firmantes como para el resto del mundo.

Como todo en esta vida, se ha bastardeado y malentendido.
La industrialización del arte y el entretenimiento ha querido confundirlo con el cobro sistemático e interesado de los beneficios de la explotación de las obras.

De esa obra convertida en bien eterno, se aprovechan desde los responsables de la edición hasta los herederos del autor.
Pero no es tanto la explotación económica como lo que conlleva.
Atrapada en protocolos, la obra se retrasa, se hace exclusiva, a veces incluso desaparece durante años.
Vive sometida a la lentitud que implica el copyright, y sujeta a los caprichos de editoriales, autores y terceras partes.

Recuerdo una entrevista que concedió Geraldine Chaplin, donde habló de la controversia que mantenía con su hermano, Charles Jr.
Éste quería que las obras de Charlot fueran exhibidas de manera excepcional y reservada, mientras Geraldine recordaba que las películas de su padre pertenecen a ese mismo público que las amó y las hizo clásicos.

Traficar y lucrarse repetidamente con las obras artísticas es tic de legales e ilegales.
Cuando, en realidad, el usuario medio sólo persigue poder conocerlas.
Las empresas del entretenimiento deberían adecuarse a esa legendaria demanda, ahora viable gracias a Internet.
Es capaz de hacerlo, pero no quiere. Las majors estadounidenses no desean estar a tu servicio, sino que consumas bajo el menú que te dicten y con la cadencia que ellas prefieren.

Con todo, no me gusta Megaupload, ni el señor Kim Schmitz.
Me rechina ese panal de rica miel que se ha construido, con esa inquietante laboriosidad de todo hacker.

Porque Megaupload no se limitaba a compartir archivos para que el mundo fuera más feliz; ofrecía incentivos económicos para quien consiguiera una copia del más inminente estreno y movía capitales con la destreza del que sabe robar.
Además, imponía esa cuenta Premium, otorgando la sensación al usuario de que, pagando por la sesión, su pecado es menor.
En realidad, es mayor, porque está beneficiando fortunas personales plagadas de irregularidad.

La caída de Megaupload no es el fin definitivo del homo downloadis, ni por asomo.
Cerraron Napster en una ocasión, dieron carpetazo a varios Edonkey Servers en otra, y el asunto, simplemente, se intensificó.
Chapar esta web de descargas es un golpe de efecto del FBI, que no resuelve el problema ni aspira a ello. Es sólo una advertencia contra el descaro.

El nuevo Ministro de Cultura español, Ignacio Wert, ha comparado la persecución de la piratería en Internet con la lucha contra el narcotráfico.
"No se castiga a quien consume, sino a quien trafica", dijo.

Esa comparación es perfecta, porque expresa lo que ya sospechábamos.
Salvando las distancias, la descarga masiva es como la droga; esa sinvergonzonería inevitable, casi venial, que prefiere quedarse en los márgenes de la ilegalidad y perseguirse cuando la cosa se torna obscena.

Nadie te va procesar por descargarte "Fringe" el sábado por la mañana, pero, por favor, no des el cante.
Los porros te los fumas en casa.

De resultas, cualquier ley que devenga en contra de las descargas tendrá la misma efectividad que la Ley Seca. Una pura hipocresía, para calmar a unos y sofocar a otros.
Legislativamente, el derecho de autor tiene menos valor que otros derechos que se perjudican en cualquier vigilancia internaútica, y así lo han contemplado las resoluciones judiciales al respecto.

Del mismo modo, la industria de telecomunicaciones es más poderosa que la cultural.
Si descargar películas y series está tan mal visto por la ley y el orden, ¿por qué tienes tantos megas de velocidad en tu router?

Insisto en que el entertainment tiene que comprender que los hábitos de consumo han cambiado radicalmente y debe hallar las alternativas precisas para ajustarse a ello. Y, de paso, asegurar su supervivencia.
Ya lo hizo la música con el Spotify, programa asequible y de mucha calidad, donde se ha demostrado que acceder nos importa más que descargar.

Pero Dios los libre de anteponer la sensatez y la previsión al llenarse los bolsillos hoy y ahora, tantos a unos como a otros.
Reinan las medias tintas y el olor a podrido en todas las cocinas, mientras el destino ya se encargará de alcanzarnos mañana.

No te preocupes. El chollo will go on.
Al fin y al cabo, que estés todo el día metido en tu casa hartándote de series y películas porno provoca sonrisas de satisfacción en las mejores cúpulas.
Opios del pueblo. Han cerrado un garito, ya encontrarás otro.