jueves, 16 de febrero de 2012

La Dama de Hierro


La residente más rotunda del 10 de Downing Street desde Churchill, Margaret Thatcher fue señora odiada transmutada en mal necesario, frente a los atónitos ojos de sus gobernados.
Aterrizó entre desórdenes heredados y vivió bajo convulsiones fervorosamente producidas por ella misma.


Quiso disputar a los mejores y los extraños, asegurándose un saldo de once años al frente de la presidencia de su país.
Como trasfondo histórico, el cetro thatcheriano en Gran Bretaña terminaría por definir la reacción conservadora de los ochenta a este lado del Atlántico.


Margaret contestó la crisis con un violento órdago de autoridad.
Lo suyo fue aplastar el socialismo, desposeer a los sindicatos, privatizar a mansalva y fulminar lo que no era rentable.
El Estado ya no serviría a los ciudadanos; ahora ser británico era ese privilegio que se pagaba igual si era usted lord, cockney o norirlandés.


Como les ocurre a todos los hechos a sí mismos, la Thatcher identificó la pobreza con debilidad y la ambición individual, con la salvaguarda del espíritu británico.
A propósito de ideales patrios, su gabinete se lanzó a reconquistar las Malvinas.
Islas norteñas a por islas sureñas, furia atlántica de por medio.


Los británicos nunca han perdido una guerra, recordó, y siempre es buen momento para ejercitar las naves, la arrogancia y la omnipotencia de los adictos a la teína.


La guerra de las Malvinas fue su mejor golpe de efecto, toda una distracción frente al hervidero de Irlanda del Norte y las brutales cifras de desempleo.


¿Sus víctimas?
Recuerda todo el paraje que aparece en las protestas de Ken Loach, en "Trainspotting", en las películas de Mike Leigh y Jim Sheridan, en las novelas de Hanif Kureishi.
Es decir, todo lo británico que no es ni fino ni bonito.


Las Malvinas y la recuperación económica propiciaron que la Thatcher durara más de lo previsto, y su imagen de infamia se trocó en símbolo de oportunismo.


El thatcherismo se vestía así de conservadurismo de aladas hombreras, y nacieron los "millonarios de Thatcher", respuesta europea a los yuppies reaganianos.


Primera mujer líder - o lideresa - de la política británica, Margaret Thatcher nació, se gestó y fue promovida de entre sus amadas filas conservadoras.
Anomalía, como ella misma: una mujer que quería cambiar el mundo, devolviéndolo a la casilla de salida.


Parodiarla, convertirla en guiñol, llamarla perra era inevitable. Un líder del Sinn Fein la calificaría como "la mayor bastarda que hemos conocido".
En la prensa soviética, se acuñaría el nombre de la leyenda: la Dama de Hierro.


De 1979 a 1990, Downing Street fue suyo, hasta que su partido le dio la espalda y demandó otros aires.
Terminaba la Guerra Fría y llegaba la Unión Europea, lugar donde la voracidad thatcheriana ya no era necesaria.


Con la longevidad y beneficios vitalicios que implica estar involucrado en altos cargos políticos, la Thatcher dejó paso.
Margaret se apagaba con la misma rapidez que prendió, desapareciendo de una esfera pública donde había sido imprescindible.
Las últimas noticias sobre ella nos devolvieron la triste realidad del Alzheimer.


La irrupción de la demencia en una mujer tan testaruda y poderosa ha servido de motivación para su último biopic, "The Iron Lady".


Meryl Streep se ha hecho con el papel y una nueva opción al Oscar, dentro de una interpretación tan aguda, impecable y escalofriante como nos tiene acostumbrados.


Podemos decir que "The Iron Lady" es mucho mejor de lo que anticipaba la tibia reacción de la crítica sobre ella.
Se mueve en un difícil terreno: convencer con un drama sobre un personaje antipático y extraer emoción, sin defenderlo ni destruirlo.


Los creadores de "The Iron Lady" han intuido a la mujer detrás de la Thatcher; un ser preso de sus convicciones y devorado por su necesidad de autoridad.
Tan fascinante por extremo.


La Margaret Thatcher de "The Iron Lady" echa cuentas sobre su vida y sus políticas en la soledad de los días de decadencia.
Sin llegar a mayor conclusión que la que afrontara cualquier ser vivo: no se puede borrar lo que hicimos, sólo aspirar a vivir con ello.


La tendencia de la película a esquematizar la vida de Margaret Thatcher la hace muy entretenida, con unos agradecibles 105 minutos de duración
Pero esa ligereza es lo que otorga la sensación de que no estamos ante la película definitiva sobre la Thatcher y el thatcherismo, quizá más aprovechables en una enjundiosa miniserie televisiva.


"The Iron Lady" nos recuerda que ha sido muy fácil odiar a Margaret Thatcher y todo lo que representa; obviarla como aquella bruja lacada que decía "nononono" en el Parlamento.


¿Monstruo de tiempos remotos?
Hoy deberíamos saber que la Thatcher fue el preclaro estandarte de lo que sucede cuando el sistema se quiebra: se torna aún más implacable para cuadrar sus cuentas y sobrevivir.

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