viernes, 27 de mayo de 2011

Pájaros de la Reacción



A la derecha de la sala, se sentaron en cierta ocasión, pidiendo moderación y recordando viejas costumbres.
A la derecha, se agruparon los conservadores. Y así hablaron.


Que el mundo permanezca igual. O que sea como enseñó papá.
La conservaduría siente que las cosas deben seguir siendo como alguna vez fueron.


Desde el templado conciliador hasta el violento supremacista, conservadores hay muchos, tan variados como contradictorios.
Unos se visten de ideas del ayer, misas solemnes y purezas de largo alcance.


Otros representan la nueva reacción, disfrazada de moderna.
Obviarán tus intimidades, pero predicarán el capitalismo salvaje y la ley del más fuerte.


Dios, fiestas de guardar y abstencionismo genital.
La conservaduría más devota reza en iglesias de influencia, camina bajo protocolos y reserva las indiscreciones en un cuarto trasero.


Exige a los jóvenes que no follen y considera el matrimonio como la única oportunidad posible para darle vida al bajini.
Homosexualidades, puterismos y demás licencias sólo competen a las sombras de la ciudad, a los sábados por la noche y a la confesión del domingo.


La conservaduría es antiabortista y no le gusta el asunto de las células madre.
Es sacralista, espiritualista y le obsesionan tanto los accidentes de la vida, que pierde el mundo oprimiéndola.


La América de los años cincuenta se hacía el idilio de la conservaduría.
No parecía gris ni atroz como otras victorias de la derecha; era colorida y se contaba desde la sonrisa dentífrica de Doris Day.


Se vivía el romance entre la corrección anticuada y la sensación del deber satisfecho. Como cualquier pretensión de paz, resultó una insostenible mentira, sólo adecuada para enmarcar postales.


Hay conservadores que piden armas, diciendo protegerse de los que traspasan vallas y fronteras.
Otros, simplemente, ponen en evidencia los sueños de los izquierdosos.
El ser humano no nació para cambiar el mundo ni para repartir el pan, aseguran. Nació para hacerse rico, defenderse a la antigua y tener muchos hijos que se peleen por la herencia.


Las derechas han sido siniestras, usando la policía y el ejército como su alargado brazo de tortura e intimidación, durante tiempos de arresto y negras noches de dictadura.
Llamar fachas a los conservadores es recordar sus momentos de mayor aberración.


Ahora se suelen agrupar, con mucho pragmatismo, en partidos políticos únicos, que aglutinan sus matices.
Hay más tensión ideológica de la que nos cuentan, pero les une la misma visión del dinero y el inmovilismo social.


No todos sus votantes son sociológicamente derechones, pero se sienten seducidos por la promesa de orden y concierto que se vende.
Así se explican las avasallantes victorias en momentos de crisis y revuelta. En la América hippie, gobernó Nixon; en la Inglaterra del paro, arrasaba Thatcher.


Ante la indefinición de los tiempos, ¿qué mejor que acudir al severo papá?, piensan los que votan.
Con mano de hierro, ahuyentará a los fantasmas y mandará callar a tanto contestón.



Se tiende a criticar a los conservadores desde filas progresistas. Yo lo suelo hacer, porque no los puedo ni ver.


Pero los atacamos como si fueran un ente aparte, completamente ajeno, cual línea de villanos. Esas antiguallas inservibles para la basura.


En realidad, son el espejo de los defectos de la sociedad. Sus sentimientos no son ajenos a nadie: el egoísmo, el rechazo a los diferentes, el miedo al futuro.


Por ello, resultan convincentes para todos los que depositan en ellos sus esperanzas de salvación.


Al final, siempre se impone la verdad: el mundo no es digno de conservación, porque no resiste una auditoría.
Es mejor ablandar la mente, cambiar de vida, girar la cabeza, volverse loco, reír por nada, fornicar por todo, darse opinión, leer un libro de vez en cuando, perder nostalgias y pensar mejor.

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