viernes, 23 de abril de 2010

La Belleza del Descalabro


Que el desastre es un espectáculo no es ninguna novedad. En realidad, podría decirse que el desastre es el espectáculo.
Las taquillas de todo el mundo se llenan a reventar cuando los americanos sirven esas películas cuyos momentos finales consisten básicamente en la destrucción integral del decorado.


La belleza de la destrucción y el encanto de los descalabros se benefician de la dramatización.
Así, los desmayos son elegantes, las enfermedades se vuelven románticas y las muertes se visten de trascendentes.
La recreación ficticia de las caídas permite que sean épicas.


Los agonizantes no rebosan miedo ni tristeza al morirse; lo que les sobra es una claridad espiritual, un aura mágica y una garantía de grandeza que sólo pueden brindar las benefactoras luces del cinematógrafo.
El público se deja seducir y adora las películas donde la gente las pasa putas y se muere.


El género de catástrofes de los setenta fue testimonio de que gusta ver el sufrimiento ajeno con un toque de glamour.
Así, sus repartos se llenaban de estrellas, y, como piezas descartables, caían de edificios, sucumbiendo a las llamas, ahogándose en barcos hundidos y, en definitiva, feneciendo de las más varopintas y creativas maneras.


Las series son el último grito en frivolizar el descalabro.
Más de una vez, decimos que, a raíz de la inminente salida de tal personaje, éste debería encontrar una muerte a su altura.


Las despedidas de grandes personajes equivalen a grandes momentos; normalmente, accidentes mayúsculos que preceden lacrimógenas revelaciones antes de palmarla.


Encontrarle el punto a las tragedias es una de las esencias de la posmodernidad.
¿Es frívolo decir que la caída del World Trade Center es bella? Sí, es frívolo, pero también es verdad.


Bello es el árbol que cae sobre Sandy Dennis en "The Fox" y bello es el fuego que consume Manderley.
Bellos son los ojos de John Carradine cuando se muere en "Johnny Guitar" y bellísima es la sonrisa de Tyrone Power antes de espicharla en "Sangre y Arena".
Bellas son las tuberculosas que mueren bonitas, del estilo de Camille, Satine o la heroína de "Tres Camaradas".
Todas se van para el otro barrio, bien maquilladas y exactamente en la pose correspondiente.


Personalmente, tengo debilidad por las mujeres que ruedan por las escaleras, momento cumbre de tantos melodramas y culebrones.
Pensar en "Los Abrazos Rotos" es pensar en Penélope vestida de rojo, cayendo de escalón en escalón.


Hay gente que le encuentra la gracia a la ridiculez intrínseca de la caída. Es decir, alguien se cae y su amigo se echa a reír.


Se debe a que la situación cotidiana se interrumpe, los papeles se pierden, la compostura se va al garete y, en un instante, el mundo demuestra que ha nacido para tambalearse.


Reírse es la respuesta nerviosa a ese absurdo de la imprevisión.
Pero la debacle siempre tiene algo honorable, como cualquier fracaso o decadencia.


Como reza un glorioso grupo del Facebook: Que me sangre la nariz el lunes y yo, copazo en mano.
En estos tiempos de crisis, reivindiquemos el placer del tropiezo y la caída de culo.
Y si tenemos que encontrar la muerte, que sea a la altura de nuestros personajes.

2 comentarios:

Zinquirilla dijo...

Hola Josito, cuando no conozco la peli o el personaje le doy a guardar para ver qué nombre lleva la foto pero a veces no sale, me he quedado intrigada con los dos hombres rodando escaleras (con uno más que otro, para qué negarlo). Satisfaga usted mi curiosidad, please.

Y hablando de fotos, yo que soy fan del subgénero catastrofista tengo por peli de cabecera El coloso en llams, me ha gustado ver la foto en el post.

Y muy buena la cuestión de las Torres Gemlas.

CaféOlé dijo...

El coloso es genial pero en los años 70 hubo un reguero de películas catastrofistas protagonizadas por actores muy conocidos que son la pera limonera: aún me acuerdo de la última vez que ví "Aeropuerto 75"; chico, después de eso, cualquiera se atreve a coger un avión!
La verdad es que a mí me gusta que la gente se muera en las pelis porque es un poco como la vida misma: cuando menos te lo esperas, catapún, vas y te mueres!
Muchas películas mediocres ganarían mucho con un final en el que, en lugar de ser todos felices y comer perdices, la palmasen. Sería un puntazo: nos quedaríamos con el ojo cuadrado pero, al menos, sería algo original.
Besitos.