jueves, 7 de octubre de 2010

Mad About Jon


Es costumbre: en plena visión de "Mad Men", se aguanta la respiración cada vez que Jon Hamm entra en escena.


Como Jon es el protagonista de la serie, esa privación de oxígeno suele suceder con demasiada frecuencia.
El día menos pensado, moriremos todos, sin aire, asediados por la contemplación stendhaliana de este señor.


Estoy convencido que Jon entra en cualquier local y todos se quedan mudos.
Es probable que esa impresión también haga presa en aquellos y aquellas que no tienen a los hombres entre sus opciones de dormitorio.


Porque es un fenómeno que ya sucede en cualquier ceremonia de premios.
Jon, que además de guapo, es un gran actor, suele ser frecuente nominado en Globos, Emmys y demás estatuillas de mérito y postín.


Cuando Hamm aparece en cualquier alfombra roja, queda claro.
Ha llegado el más sexy, con barba o sin ella, con el pelo fijado fuertemente hacia atrás o caído despreocupadamente sobre la frente.


La manera de conocer y descubrir a Jon Hamm es, por supuesto, su Don Draper de "Mad Men".
Jon ofrece lo último en personajes torturados, contradictorios e irresistiblemente magnéticos.


En ese episodio magistral llamado "The Suitcase", Hamm ha estado especialmente fino.
Yo ya le otorgué mi televisivo premio Montez al mejor actor del año pasado. Pero deberían darle el Emmy de una puñetera vez. Y, de paso, a Elisabeth Moss también.


Poco a poco, Jon Hamm empieza a conquistar los corazones de los jerarcas del cine.
Este año, conseguía por fin un papel protagonista en el indie thriller "Stolen" y, en 2011, lo veremos en lo próximo de Zack Snyder.


Hamm tiene gran debilidad por la comedia.
Ha sido novio de Tina Fey en "30 Rock" y, en la última ceremonia de los Emmy, se le pudo ver bailando a lo "Glee" y seduciendo a Betty White.


Pero un comentarista dijo lo más parecido a la verdad: "Jon Hamm sería un cómico perfecto, si no fuera tan malditamente bonito".


Cuando se pasea por los estrenos, sonríe y hace bromas; cuando aparece en "Mad Men", su taciturnia emociona.
Cuando se pone un traje, está perfecto; cuando enseña ese exquisito pecho peludo, me quiere dar un infarto.


Desde 1997, Jon ama, convive y está fuertemente comprometido con la rubia actriz y ocasional guionista, Jennifer Westfeldt.


Sin ninguna duda, esta Jennifer podría encontrarse en la lista nunca escrita de mujeres más suertudas del mundo, donde se inscribirían nombres como Joanne Woodward o Abby Cohen.


Al resto de seres humanos que no respondemos al nombre de Jennifer Westfeld, nos queda la garantía de que podemos seguir disfrutando de Jon a través de la pantalla.
Porque tenemos la maravillosa sensación de que esa mirada no ha hecho más que empezar.


Por último, debemos contestar a dos preguntas de lo más pertinentes.
¿Es "Mad Men" la mejor serie de la televisión actual? La respuesta es sí. ¿Es Jon Hamm el hombre más guapo del momento? Pues también.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Disco Inferno


Empezó como reacción, se convirtió en moda, conquistó el sonido de toda una era y quedó adherido para siempre a la cultura de más de una minoría.
Ya lo predecía "El Fantasma del Paraíso".
Antes de que acabe la música, nacerá la nueva música, en templos de la juventud, loca por bailar. El sintetizador será el arma; el romanticismo pop y la súper fusión, el resultado final.


En los setenta, el rock y el punk criticaban el baile, las melodías plásticas y el sha-la-la de los sonidos comerciales. Es decir, los Carpenters eran favorita diana de todos los dardos.
Ciertos grupos nocturnos de Nueva York y Filadelfia quisieron dar su particular opinión sobre la polémica.
Se producía, sin pretenderla, la primera reivindicación del placer culpable.


Eran negros, latinos, homosexuales, mujeres y almas sensibles con ganas de marcha, que llenaban la noche de glamour, fusión musical y cultura de la pista.
Se les reconocía por los colores, las prendas estrafalarias y la potenciación de la imaginación estética a través de la misma cultura pop.


El resultado fue el furor por lo disco, que reinaba y culminaba en los vinilos más vendidos.
Tuvo una película emblema, donde John Travolta quería bailar y ser el mejor en el "Saturday Night Fever".


Los Bee Gees, los Village People, las grandes divas negras y la respuesta europea (Boney M., ABBA, Baccara) eran los reyes indiscutibles de todo lo que concernía a la descendente bola de colorines.


Como la música que interpretaban, la apariencia de los divos del disco era una pura mezcolanza, una parodia de lo clásico, una apología total del disfraz.


Al ritmo de la música, al compás del pantalón de campana y en dirección a todos los peinados afro; la música disco era la banda sonora de un inferno maravilloso, donde el último baile era lo más parecido a la muerte.
Al menos, hasta el siguiente viernes.


El disco acabó por consagrar la noche como el momento ideal para muchas cosas.
Como apareamiento ideal, sus canciones hablan de ganas de polvo, bajo la coartada del flechazo.


Precisamente, polvo había de todos los tipos en en las discotecas de los setenta. El sexo libre y la cocaína definían el peligroso y seductor ambiente.
El sanctasantórum de la fiebre disco era el Studio 54, club neoyorquino de altos vuelos, y el lugar donde Bianca Jagger y Liza Minnelli se sentían como en su casa.


La música disco nunca dejó de suscitar críticas. Se le llamó elitista, sentimentaloide y derivativa.
Cuando Bowie incorporó sonidos disco a algunos de sus temas, muchos dijeron que se había vendido irremisiblemente.


En sus tiempos crepusculares, películas como "Cruising" o "Looking for Mr. Goodbar" mostraron el lado más oscuro de la noche disco.
Quedaba definida como la metáfora de la presunta liberación sexual de los setenta, confundida con puterío indiscriminatorio, y para la que muchas mentes y cuerpos no estaban preparados.


Con la época, terminó el disco. A principios de los ochenta, pasó rápidamente de moda, fue anulado por productores musicales y se transmutó en la dance music.
Además, los excesos de sus protagonistas no cayeron en saco roto, y el panorama del nightclub cambiaba para siempre.


A lo largo de la década de los noventa, el disco alcanzó su vindicación.
Sucedió al mismo tiempo que el público gay se transparentaba y pisaba con fuerza el escenario comercial.
Se aseguró que la música disco era cuestión patrimonial de la cultura homosexual, y muchas de sus canciones más inefables podrían considerarse himnos.


Se produjo la inevitable reedición del catálogo, y hoy el sonido disco es divina opción que incluir como sample en cualquier mueve mueve que se precie.


El disco es apoteósico, kitsch, decadente, fabuloso. Y, sobre todo, terriblemente divertido.
Gitchi gitchi ya ya, mocca chocolata ya ya...

sábado, 2 de octubre de 2010

Un Amigo Llamado Tony Curtis


Se quitó de encima una infancia miserable, se cambió el nombre y se convirtió en estrella de Hollywood.
Tony Curtis era guapo, inesperado y sus legendarios ojos despedían cierto halo de ternura. Sonreía y parecía eternamente caliente.


Sus especialidades eran la aventura, para la que su físico compacto y atlético se prestaba ideal, y la comedia, siempre necesitada de su picardía.
Pero, desde el principio, Tony Curtis se movió sin complejos entre todos los géneros, y demostró muchas veces que su presencia era garantía de todas las emociones.


Recordarlo únicamente por el estrambote sería injusto.
Eso sí, sólo lo nominaron al Oscar en una ocasión, cuando fue preso huido y esposado a Sidney Poitier en "The Defiant Ones".
Con el tiempo, lamentaría que la estatuilla dorada era esa deuda que Hollywood nunca había querido pagarle.


Su primera esposa fue la también actriz y estrella Janet Leigh. Se casaron, y la linda pareja de jovenzuelos actores provocaba entonces un orgasmo múltiple a los publicistas.


Tuvieron dos hijas, hicieron un par de películas juntos y se separaron. "Nunca pude hacerla feliz", aseguró Tony en una ocasión.


A finales de los cincuenta, Tony Curtis se revelaba como señor de taquilla y actor de talento, estatus que mantuvo a lo largo de toda la década siguiente.
Combinaba ambiciosos dramas como "Sweet Smell of Success" con súper comedias como "Some Like It Hot", su título más popular.


Y si el papel era nimio y la película, fabulosa, no había problemas para Tony. Un ejemplo de su falta de complejos en ser secundario sería el Antonino de "Espartaco".


Su interpretación más aclamada fue cortesía de "El Estrangulador de Boston".
Para incorporar al serial-killer Albert DeSalvo, Curtis le dio a la transformación y ofreció una gélida e impactante imagen de sí mismo.


Fue su último gran papel en Hollywood, aunque nunca dejó de trabajar para el cine y la televisión.


En sus tiempos crepusculares, Tony Curtis, viejo, abrasivo, incorregible, reaparecía en entrevistas, con autobiografías bajo el brazo, donde nos lo contaba todo sobre sus mejores épocas.


Se lo pasó en grande en Hollywood, decía.
Incluso se confesó adicto al sexo; por su cama, habían desfilado las más bellas y las más malditas, desde Yvonne De Carlo hasta Natalie Wood.


Tony Curtis se casó seis veces, pero nunca dejó de hablar de Marilyn.
Todos nos quedamos en shock cuando aseguró: "Besarla en "Some Like It Hot" fue lo más parecido a besar a Hitler".


Luego rectificó y nos contó que habían sido amantes cuando ambos eran actores aspirantes, allá por los años cuarenta.
Terminó por asegurar que, de algún modo, nunca había dejado de amar a Marilyn Monroe.


La hija mayor y más conocida de Tony se llama Jamie Lee Curtis, fruto de su matrimonio con Janet Leigh.
La genial Jamie Lee heredó las tetas de su madre y el sentido del humor de su padre; como ellos, despertó enseguida el cariño y la admiración del público.


Jamie Lee contestó y castigó en silencio a su padre durante años.
No fue la única de sus retoños en distanciarse; Tony siempre lamentó la separación que existía entre todos sus hijos y él.


El pasado miércoles, Tony Curtis fallecía a los 85 años, víctima de un ataque cardiaco.
Jamie Lee lo quiso honrar públicamente por primera y última vez, valorando su legado artístico, su provechosa vida y su vasta familia.


Para todos los que lo vieron en el cine y para todos los que lo conocimos en las reposiciones televisivas de sus películas, Tony Curtis siempre fue un amigo.


Su aparición no sólo provocaba el confort del viejo conocido; también, la sensación de que la pura y simple diversión acababa de entrar por la puerta.
Descanse en paz, grande.

viernes, 1 de octubre de 2010

Vestirse de Mujer


Se luce la curva y no se marca paquete. Se siente el satén y no hay pantalón vaquero que valga.
La cara se entrega a la cosmética y a la pintura, mientras el cuerpo se atiborra de perlas, de foulard y hasta de bata de cola.
¿Quién puede resistirse?


Muchos hombres han sucumbido a la tentación del fetiche definitivo.
En un momento concreto o de manera ritual, deciden vestirse como una mujer. Y, lo más importante, parecer y sentirse como una.


La humanidad ha convertido la diferencia biológica de hombres y mujeres en motivo de separación cultural.
Las asignaciones del género a lo largo de la Historia varían, pero sus leyes nunca escritas han asociado el físico de cada sexo con los comportamientos que deberían seguir y los que deberían evitar.


El travestismo, en todos sus grados y facetas, supone una interrupción necesaria en ese mundo de roles y tabúes.
Ha existido desde siempre. En cierta ocasión, leí que había drag-queens hasta en la Antigua Mesopotamia.


Normalmente, la idea de travestismo se restringe exclusivamente a la vivencia más camp de la homosexualidad o a los deseos de transexualidad.
Pero sólo basta acudir a cualquier tierra con tradición carnavalera, para observar cómo la mayor parte de los hombres aprovechan la ocasión para ponerse faldas y volverse locas.


Al otro lado, se encuentra la clásica figura del travesti, que imita a divas, cuenta chistes, hace playbacks y entretiene a los más variopintos públicos.
Desde los más sórdidos cafetuchos hasta la MTV, los travestis pueden ser menú indispensable en ambientes gays y no tan gays.
Porque han sido reinas hasta en campamentos militares durante tiempos de guerra.


Si son superlativas, se les llama drag-queens.
Cuando un travesti se ha convertido en una drag-queen, ya no es una réplica de otra mujer; ahora tiene personalidad y nombre propios.


Los hombres que se disfrazan de mujer con regularidad suelen suscitar risas, y llamar travesti a una mujer tiende a ser un calificativo de lo más peyorativo.
Además, el camino vital de muchos transformistas ha estado marcado trágicamente por la prostitución y la marginalidad.


Pero el emocionante papel de los travelos en épocas de oscuridad y persecución está fuera de toda duda.
La aparición de estas reinas de la noche en escenarios desfavorables siempre fue llave de tantísimas revoluciones sexuales.
Y muchas son unas seductoras natas.


En el cine de Hollywood, los actores han tenido miedo a vestirse de mujer. Y, si lo han hecho, ha sido para provocar risas en el público.
Obedece a la siguiente premisa estético-cultural.
Cuando una señorita se viste con ropas de hombre, al estilo de Marlene Dietrich, Julie Andrews o Diane Keaton, está bellísima.


Cuando un hombre se pone falda y peluca, la gente lo encuentra marica, grotesco y digno de carcajada, bajo la concepción de que la feminización es siempre negativa.
En un recurso homófobo de los thrillers más cargados, el pavoroso asesino puede ser perfectamente una rubia con pene.


Bah, bah y más bah, ponte la peluca ya y dale al play.
Que los dioses tutelen por siempre a las faldas, a las reinas y a los disfraces, antídotos ideales contra el tedio y la hipocresía de las sociedades y de los tiempos.


Y, como no hay travesti más linda y divertida que Tony Curtis en "Some Like It Hot", mañana le rendimos homenaje, con un post muy especial sobre la carrera y la vida de este hombre de sonrisas y puro cine, que ha fallecido el pasado miércoles.