
En 1990, los medios de comunicación del mundo entero recogían la noticia de que había muerto Greta Garbo, la legendaria actriz que quería estar sola. La que intercambió su fama por una vida propia. La que jamás volvió a Hollywood. Nunca se ha sabido bien cuáles fueron los motivos de ese destierro voluntario.

Quizá el fracaso de "La mujer de las dos caras". Quizá su proverbial timidez, que hacía infeliz su estatus de estrella magna del celuloide. Quizá demasiados secretos y sentimientos ilícitos que ocultar. O, tal vez, una necesidad imperiosa de libertad para una mujer excéntrica e impulsiva.

La Garbo es el ejemplo perfecto de una mitificación inmediata. El cinematógrafo la necesitaba, porque, en sus orígenes, gustaba de proyectar caras que tuvieran dos coordenadas básicas: la ambigüedad y la distinción europea.
El público se volvió loco con Greta cuando la vieron pecadora y bellísima en la magistral "El demonio y la carne".

Aplaudieron a rabiar cuando oyeron su voz envolvente, profunda y de marcado acento en "Anna Christie", su primera película sonora. Y su mayor éxito de taquilla ocurrió cuando se rió a mandíbula batiente para "Ninotchka".

Sin embargo, los amantes de la Garbo la preferían en su salsa; opulentos melodramas, donde la protagonista sufre por amor y encuentra un destino trágico. Nunca el final triste fue tan excitante como en la faz de la actriz que intoxicaba la Metro.

En su gran interpretación, como Margarita Gautier, el hechizo se contagiaba de una formidable ironía.

Hollywood intentó encontrar un reemplazo cuando Greta cumplió su amenaza de retirarse. Jamás conseguiría una aleación tan perfecta.

Sólo equiparable a Marlene Dietrich, el atractivo de la Garbo, más allá de sus dotes artísticas, sigue siendo una incógnita. Las generaciones se han entregado a ese rostro esculpido en mármol con devoción renovada.
Aún Greta Garbo se cita como la quintaesencia de la diva, de la actriz de Hollywood y del glamour del star-system.
Pero a ella no le importaba nada. Quería estar sola.