
"En el colegio, me atraían los chicos con pendiente. En la universidad, las motos y las chupas de cuero. Y ahora... la goma negra".
Estas encendidas palabras, puestas en boca de Chase Meridian (Nicole Kidman) en "Batman Forever", definen perfectamente el tono de las películas de Joel Schumacher sobre el héroe de cómic.
El resultado de la operación de reciclaje fue una Gotham travesti, con titanes soportando edificios y focos de colorines alumbrando los cielos, los coches y los trajes de los superhéroes.
Pero ya lo advirtió el propio Schumacher cuando anunció, para desconcierto de Bob Kane y de los fans, que el traje de Batman tendría pezones y que Robin llevaría un zarcillo.
La bromita gay ya está en el título. "Batman Forever" parece el nombre de una discoteca de Frisco. Y lo de "Batman & Robin" es directamente insistencia pitorreica.
En "Batman Forever", se puede hacer una escala de malas interpretaciones, en función de histrionismos, estatismos y desorientaciones escénicas varias.
Desde unos pasadísimos Jim Carrey y Tommy Lee Jones a un Bat-Kilmer completamente ausente.
Pero, sin duda, la reina de la función es Nicole Kidman, aún señora de Cruise, convertida en Chase Meridian, una psicoanalista salidísima. A ella corresponden las frases más memorables de la película.

Aún así, vista en retrospectiva, "Batman Forever" resulta sosa, quizá porque su secuela elevó el grado
camp hasta tal nivel, que la primera intentona palidece en comparación.
"Batman & Robin" es tan profundamente horrible que resulta hipnotizante.
En primer lugar, la risible elección del protagonista. Un George Clooney todavía en "ER", cuando movía la cabeza para soltar un diálogo y tan poco convencido de llevar el fetichista traje como Val Kilmer.
Chris O'Donnell repite como Robin, insistiendo en sus pequeñas querellas domésticas con Bruce Wayne, y Alicia Silverstone hace de una Batgirl tan prescindible, que le dieron un Razzie como una casa a la peor actriz de reparto.
Y a la pobre la llamaron Fatgirl, por razones obvias.

Los villanos de "Batman & Robin" conforman un tema de profunda preocupación.
Porque lo de Arnie Gobernator como Mr. Freeze con pantuflas puede llegar a resbalar, pero la Poison Ivy de Uma Thurman es directamente el asunto de este artículo.
Y no sólo por ver a una actriz tan comedida como la Thurman enzarzada en la peor interpretación de su vida, sino porque se convierte en la interlocutora válida de Schumacher.
Su Poison Ivy es una
drag-queen desatada, con maquillaje tonos fruta.

Y cuando ya lo posmoderno parecía que no daba más de sí, aparece metida dentro de un disfraz de gorila, imitando exactamente el mismo número musical de Marlene Dietrich en "La Venus Rubia".
Con su esbirro Perdición, un berraco que sólo mete hostias y rompe cosas, esa Poison Ivy es digna de un estudio serio en cualquier cursillo de Audiovisuales.
Y, por supuesto, qué mejor manera de culminar el festín hortera de locaza con una
catfight como Dios manda entre Poison Ivy y Fatgirl. Ahí la Silverstone está fina, diciendo "Ese rollo pasivo-agresivo está pasado de moda, nena. Las tías como tú nos dan mala fama a las mujeres". Y que lo digas.
Los guiones, llenos de diálogos pretendidamente ocurrentes, son cortesía de Akiva Goldsman, el manufacturador de
trash más "eminente" de los últimos años.
Si "Batman Forever" fue el exitazo del verano de 1995, "Batman & Robin", estrenada dos años después, fue el fracaso del siglo y apartó a Schumacher de la saga.
Christopher Nolan le ha devuelto la dignidad, sin ninguna duda.
Es difícil saber si estas películas están hechas en serio. En cualquier caso, lo evidente es que a Joel Schumacher no le gustan ni el cómic ni los superhéroes. Lo que le va es la goma negra.