jueves, 12 de enero de 2012

Brad Of Life


Sinónimo de guapura masculina durante años, el rubio de gruesos labios y ojos azules viajó con prisa desde su Texas natal a las marquesinas de todo el mundo, olvidando el sombrero de vaquero por el camino.
Tan intrigante en Cannes como en Namibia, el intrépido caballerete se llama, por supuesto, Brad Pitt.


Le dijeron sexy en los años noventa y, pronto, Hollywood lo consideraría lo más cercano a una estrella infalible.


Como Julia Roberts, George Clooney o su ex Jennifer Aniston, Brad provee imagen impecable y despliega notable carisma.
Pero, también como todos ellos, detrás de la buena fachada, ha habido poca cosa que contar.


Brad Pitt ha sido la imagen perfecta de la inexpresiva década que lo consagró: no representa nada más que a sí mismo.


Entre titulares y taquillazos, él ha luchado por buenas películas y mejores interpretaciones, batalla dura para todo sex-symbol.
Brad ha querido recordarnos que los ricos y guapos se preocupan por lo que ocurre en el mundo, son feos cuando lloran y tienen el mismo miedo a la muerte que nosotros.


En sus primeros tiempos, se dudaba de esas pretensiones de actor a tener en cuenta. Poseía una cara tan bonita que era imposible creersélo sufriendo.


Pero las arrugas, las mujeres y las ambiciones han hecho de Pitt la estrella con enjundia que deseaba ser desde el principio.
Hoy es un señor polifacético, que coquetea con la producción, sigue arrasando en el blockbuster y le dice que sí a los más arriesgados directores.


El domingo acude a la entrega de los Globos de Oro, de la mano de su amada Angelina Jolie.


No es la primera vez que ambos están nominados en la misma noche. Al fin y al cabo, Brangelina es realeza hollywoodiense y nadie les dice que no.
Ella opta al Globo por su debut en la dirección en "In The Land Of Blood And Honey". Él, como mejor actor dramático por "Moneyball".


Podría decirse que Brad es lo mejor de esta "Moneyball".
Esa pose suavemente insolente y esa manera de mascar los diálogos otorgan a la película cierto sentido del humor.
Y, de paso, un poco de distinción.


"Moneyball" rastrea la experiencia de Billy Beane, director deportivo de un equipo de béisbol de Oklahoma que comenzó a utilizar métodos estadísticos para sus alineaciones.
Encontró así un modo de ganar sin grandes figuras; de alguna manera, pudo cambiar las reglas de un juego vencido de antemano por los equipos más acaudalados.


Nos cuenta la obsesión magna norteamericana por el triunfo y la derrota, y cómo la línea entre ser un ganador y un perdedor es cada vez más delgada y difusa.
"Moneyball" recuerda que un hombre puede ser ambas cosas y ninguna en particular.
Una verdad que el resto del mundo ya sabía, pero los norteamericanos parecen descubrir ahora con películas como ésta.


Basada en una novela previa sobre hechos reales, "Moneyball" es un título interesante y honesto, pero no resulta un drama deportivo particularmente emocionante; su contención es tan extrema, que no posee ninguna garra.
Es el ejemplo de la prototípica cinta en la carrera para los Oscars: no molesta, no es mala, tiene muchas virtudes, se olvida mañana.


La nominación de Pitt es la mayor apuesta. No es una interpretación espectacular, pero habla de un actor confiado, un rotundo protagonista, cada vez más convincente para el público.
Apariciones como ésta cumplen la pretensión que siempre han tenido los agentes de Brad: que sea Robert Redford. Es decir, un actor for all seasons.


Pero si los Oscars quieren demostrar arrojo a estas alturas, deberían nominarlo por "El Árbol de la Vida".
Es la primera ocasión donde uno se olvida de Brad Pitt y ve únicamente al personaje que incorpora.


Es un milagro que sucede pocas veces en actores de tanto caché.
Ese terrible, misterioso, triste padre del cautivador film de Terrence Malick podría ser la irrefutable prueba de que Pitt es más que un nene bonito.
Quizá, dentro de muchos años, hasta lo recordemos con una reverencia.


Al contrario que sus personajes en "Moneyball" y "El Árbol de la Vida", nuestro Brad suele perder poco y tiene mucho por lo que sonreír.


Como los más felices reyes, Pitt nos mira con el eterno hechizo de sus ojazos, con la tranquila emoción de otra batalla ganada.

2 comentarios:

Atticus Grey dijo...

Ja ja, ese humor negro tuyo, Josito. En la penúltima imagen pones a un Brad Pitt real, con las marcas del paso del tiempo en su rostro, y acto segudio, como broche de oro, colocas la imagen del mismo actor evidenciando la magia del photoshop. El contraste es evidente!

Anónimo dijo...

Es de esos actores cuya actuación depende mucho del director de la pelicula, puede ser horrorosa o sorprender... en fin, no es de mis maromos preferidos