lunes, 28 de febrero de 2011

Oscars 2011


¿Para qué abandonar el viejo y confortable sillón de orejas?, se pregunta la Academia.
Hace tiempo que su propio público salió por la ventana y ahora vuela raudo, en pos de lo más aguerrido, sean cisnes negros o sueños incepcionados.
Pero Hollywood se sigue quedando en casa.
¿Para qué salir afuera cuando se está tan bien aquí dentro?, expresó ayer, premiando a "The King's Speech".
Es la película que le ha gustado siempre. Esa que, nuevamente, le han servido en bandeja los hermanos Weinstein.


¿Para qué molestarse en pensar en la informática, la que crea mundos de animación que transmiten más que cualquier otro universo fílmico?
Y, sobre todo, ¿para qué premiar una película que cuente la miseria moral, la verdad empresarial y la incertidumbre de los nuevos tiempos?


¿Para qué, cuando se tiene otra que realza el espíritu humano, la superación individual y la esperanza frente a lo peor?
La Academia se acurruca en su sillón de orejas, y ha decidido, otra vez, que lo suyo es una cuestión sentimental.
Lleva toda la vida clamando que quiere ser moderna, cuando, al fin y al cabo, sólo es americana.


"The King's Speech", una película imposible de odiar, no es una elección irritante, pero sí perezosa.
Que Tom Hooper gane por encima de Fincher y Aronofsky no ha sido tan indignante como fue premiar a Ron Howard sobre Altman y Lynch.
Pero, a estas alturas, debería serlo.
Porque, por enésima vez, ha antepuesto la factura sobre la stravaganza, la buena caligrafía sobre la escritura personal.


En ese comfort zone, también se movió la gala de anoche.
Todos los comentaristas coinciden en que no fue la peor que hemos visto, pero, desde luego, tampoco la mejor.


Poner a dos presentadores young demographic appealing no es suficiente, sobre todo si se les coloca un guión simplemente efectivo, sin posibilidad de brillo.
De resultas, un espectáculo vintage y sedado, muy propio del sillón de orejas.


Anne Hathaway estuvo mejor que James Franco.
Ella contagió sonrisa, y se mostró en un registro mucho más controlado que el que dejaba translucir en los ensayos.


Él se limitaba a estar guapo y cumplir con su cometido. Tuvo un buen momento cuando apareció travestido a lo Marilyn.
Pero, en general, James parecía más pendiente de Twitter que de pasar a la Historia.


A la ceremonia de anoche, se le puede piropear un ritmo más conseguido que otros años.
Pero todo lo que se prometía en torno a una gala nueva, chistosa y muy musical no apareció por ninguna parte.


Con todo, el asunto empezó bien.
El opening de James y Anne fue un buen canapé cómico, rematado por la aparición sorpresa del nonagenario Kirk Douglas.
Los chascharillos de semejante viejales no fueron nada comparados con el discurso de su premiada: esa Melissa Leo que parece estar como un auténtico cencerro.


Este principio hacía prometer una noche delirante, pero el tono se ajustó pronto y reinó la calma.


Lo previsible fue previsible.
No se destapó ni una sola sorpresa de las que levantan público o despiertan opinión, ni se destiló ninguna emoción intransferible en los premiados.


Los Oscars de anoche fueron un trámite, y por ese aro, pasaron todos.


La corrección de tonos y cromos se vivió también en la alfombra roja. No hubo crasos errores, ni carnavalescas apariciones.


Vaporosas y espigadas señoritas desfilaron a discreción, muy influidas por el estilo "Black Swan".


Michelle Williams, Halee Steinfeld, Cate Blanchett, Halle Berry y Amy Adams resumieron el tono quedo y sin osadías, con trajes realzantes de figura, escasa opulencia y algún que otro despeine.


Jennifer Lawrence y Sandra Bullock apostaron por el rojo y reinaron.
La Bullock se confirma como una mujer que gana con los años, en todos los sentidos.


Mi elección personal está nuevamente en Anne Hathaway. Como privilegio de presentadora, desfiló ocho diseños, todos espectaculares.


Penélope Cruz irrumpió más buenorra que nunca, quizá porque llevaba el modelo menos pretencioso que le hemos conocido.
Porque Penélope no debería ser Audrey, sino la prima de Sofía Vergara.


Cuando todo es correcto, hasta la peor llega sorprendentemente bien.
Helena Bonham-Carter se mostró centrada y conjuntada, y además fiel a su estilo neogótico-burtoniano-british.


Exigimos definitiva vindicación de esta mujer de culto, superviviente donde las haya.


En cuanto a los hombres, conquistaron más los caballeros que los jovenzuelos.
Robert Downey, Jr. Jude Law, Jeff Bridges, Mark Ruffalo y Hugh Jackman nos demuestran que cumplir años en Hollywood no conlleva pérdidas de sex-appeal y adoración ajena.


Pero para padre inevitable, ahí está la propia industria a través de su Academia.
El Oscar es ese papá conservador y sentimental; por mucho que lo contestemos, siempre volvemos a su cálido regazo, para que nos relate lo que ya sabemos.


El próximo año, oíremos la misma batallita. Quizá mejor contada, quizá no.

viernes, 25 de febrero de 2011

Asesinos


La malicia los define, según cuentan las leyes de la Tierra.
Se puede matar por accidente, por defensa propia o por cuestión de guerra.
Pero sorprender al otro, aprovechar su momento de debilidad y matarlo por capricho sólo se entiende como un asesinato.
Cuanta más brutalidad desprenda, cuando se esconda, cuando se involucre con otro delito, la indignidad crecerá, al compás del agravante.


Los asesinos imponen sus motivos al confesar sus actos, pero la humanidad jamás ha encontrado ninguno válido para asumirlos.
La vida es el bien preciado. Y arrebatarla al estilo Caín e incumplir el quinto mandamiento suponen la última mancha del alma y la definitiva ofensa a la sociedad.
Perdonarlo se hace tarea imposible; quien quita la vida, ni siquiera merece seguir teniendo la suya. Así piensa el mundo.


De manera ancestral, se imponía el ojo por ojo.
Pero las penas capitales y las venganzas a cuchillo desprenden la sensación de que matar al matador no limpia la sangre ni barre la tristeza.


"No me cuentes esa historia de muerte, que me desmayo del morbo". Algo parecido dirían las damas de anticuados protocolos, cuando los fabuladores de las viejas cortes les narraban folletinescas intrigas, bien salpimentadas de homicidios.
Casi todas las películas, novelas y series cuentan misteriosos asesinatos, aunque muy pocas de ellas se planteen abordar el verdadero significado de la muerte más horriblemente injusta.
En realidad, la han frivolizado hasta límites alarmantes, quizá para encubrir que la nuestra es una existencia incomprensible.


El humor inglés ha usado el asesinato como parte de su escenografía macabra, y se vive como un juego de ironía, una fiesta de máscaras, donde el culpable aparece al final.
El asesino revelado puede llorar y suplicar a Dios que no lo lance al Infierno.
O puede moverse con cinismo, poner una excusa nietzschiana y terminar por despertar una inquietante simpatía entre los demás.
Al fin y al cabo, el asesino es ese que hace lo que muchos sueñan: acabar con quien no se soporta.


La ficción norteamericana prefiere contar la vida y muerte de los asesinos con resonancias épicas y sensibilidad melodramática.
En el clímax, se rompen los espejos, se agitan las cortinas y el homicida cae de rodillas, asegurando que no es él quien ha matado; ha sido su pasado quien actuó, es su infancia quien habla.


En Estados Unidos, se mata mucho.
Más allá de los asesinatos pasionales y las muertes de la delincuencia, aparece el magnicidio calculado.
Los serial killers son castrados mentales, maniáticos ritualistas, que consideran la muerte ajena como el único fuelle de su existencia.
Son irreversibles, siempre matarán, aseveran los expertos.


Trazan sus odiseas de horror a través de la inmensa geografía de los Estados y a lo largo del incalculable tiempo de las décadas.
Cuando son descubiertos, ni la estimación más acertada puede acercarse al conteo de los cuerpos que han dejado atrás.


El mundo trata el asesinato como una disfunción sintomática y, a veces, como una prueba de psicopatía.
Investigadores, periodistas y psicólogos han preguntado: ¿Por qué lo has hecho?
Porque no lo soportaba. Porque me dijo que no. Porque es divertido. Porque Dios me ordenó hacerlo. Porque odio los lunes.


Se ha intentado entender el problema y darle una cobertura psicológica y, así, aspirar a evitarlo.
Pero el asesinato se dice impreso en las sociedades.


No sólo en sus individuos defectuosos, sino cuando irrumpe inexplicablemente, como un virus que se mete en aquellos que nunca pensaron en matar.
De un día para otro, la brutalidad está servida en la mesa y no se marchará.



Mientras, la sangre de los asesinados nutre por siempre el suelo de los pueblos, de las ciudades y de los campos.


Lloran en medio del vacío, y el eco devuelve las mismas preguntas que ni Dios puede contestar.
¿Por qué entonces? ¿Por qué a mí? ¿Por qué así?

jueves, 24 de febrero de 2011

En Las Redes de Andrew Garfield


Dentro de la enésima muestra de la miopía de los Oscars, la Academia de Hollywood olvidaba incluir a Andrew Garfield en las nominaciones de este año.
Pero nuestro chico no debería afligirse ni un segundo.


En realidad, no importa.
También han ignorado a Julianne Moore y Christopher Nolan, y a ninguno le hace falta el oro oscariano para despertar el interés del público en torno a sus próximos proyectos.


En el caso del joven y nuevo Andrew, el inminente encanto fílmico sera arácnido.
Como en una tela lanzada por dedos hiperpoderosos, pretende enredarnos en un reboot de las aventuras de Spiderman.


Cuando se anunció que Andrew Garfield sería Peter Parker, todos los comentaristas tuvimos que recurrir al IMDb para investigar dónde había aparecido el muchacho con anterioridad.


Por entonces, en los créditos de Andrew Garfield, destacaban poco más que papeles secundarios en títulos como "Leones por Corderos" o "The Imaginarium of Dr. Parnassus".


Hoy podemos decir que Andrew es, ante todo, un chico 'Social Network'.
Garfield ha interpretado a Eduardo Saverín, el primer financiador del Facebook, luego embaucado y apartado del negocio por un despótico Mark Zuckerberg.


Suyo ha sido ese diálogo que se presta inmortal: You better lawyer up, asshole!.
Y grande ha sido la intuición con la que aborda el personaje pivote de la intriga empresarial que ofrece "The Social Network".


Muchos aseguran que Andrew es el alma de la película.
Otros dicen que su ausencia en las nominaciones expresa las menguantes posibilidades de que "The Social Network" venza el domingo en la gran categoría.


En cualquier caso, para Andrew Garfield, su intervención en el drama facebookero se vive como un inmejorable previo.


Salta de la red social a la tela de araña, y se catapulta hacia las más atronadoras pantallas.


"The Amazing Spider-Man" se encuentra en fase de rodaje secreto, mientras los productores desgranan sus ingredientes en pequeñas dosis.


Además del éxito y las promesas, Andrew Garfield es una auténtica monada.
Hoy nos declaramos fanáticos de sus ojos, sus cejas, su sonrisa y, sobre todo, de ese peinado, que acentúa aún más el lindo cabezón que se gasta.


En los Globos de Oro, conquistó al equivocarse en sus labores de presentación. Pronunciar "inspiringly" se le hacía imposible.
Mientras sufría entre risas nerviosas, nos quedaba claro: ese amor merecía un jueves.


Este domingo esperamos verlo en la alfombra roja, apoyando "The Social Network".
Con toda probabilidad, el guapetón llevará el pelo bien proyectado hacia arriba y tendrá la mirada apostada en un futuro que luce tan irresistible como él.