
Los años setenta se recuerdan, sobre todo, por la madurez de Hollywood. Nuevos directores, películas enjundiosas; el cine de esa década iba más allá del entretenimiento clásico.
Pero los setenta también tuvieron sus buenas dosis de trash. Y el ejemplo institucional, taquillero y blockbuster fueron las películas de catástrofes.
Estrellas de ayer y hoy, efectos especiales, tragedia sádica y argumento mínimo.
Tras los éxitos de "La Aventura del Poseidón" y "Aeropuerto", el público se consideró con el derecho de ver a gente sufriendo y muriendo de maneras truculentas, ya sea cayendo de aviones, saltando de edificios en llamas o sucumbiendo a terremotos.
Tras los éxitos de "La Aventura del Poseidón" y "Aeropuerto", el público se consideró con el derecho de ver a gente sufriendo y muriendo de maneras truculentas, ya sea cayendo de aviones, saltando de edificios en llamas o sucumbiendo a terremotos.
Irwin Allen fue el productor de la mayor parte de las disaster movies y sus películas conforman toda una era para el cine malo. Sin embargo, como siempre te pillan al final, la audiencia se cansó y la fórmula se agotó.

El acabóse lo compone precisamente "El Enjambre" (The Swarm), o cómo van a venir unas abejas asesinas y matarnos a todos. Partía de un miedo generalizado a las plagas de insectos exóticos, y por ello, la película se reviste de solemnidad y cientificismo, lo que sólo contribuye a realzar el rídiculo de la premisa.
Pero cómo se puede odiar una película como "El Enjambre" cuando, entre los atacados, están nuestras queridas Olivia de Havilland, Katharine Ross y Patty Duke. Ésta última hace de camarera embarazada que se pone de parto en plena evacuación.

Michael Caine, que interpreta al doctor experto en la materia apícola y que podría considerarse el protagonista de esta locura aguijonada, mantiene una genial cara de cachondeo durante gran parte de la película.
Otro high spot es la aparición de Lee Grant como reportera agresiva, interesada más en el "ambiente general que se respira" que en el enjambre cabronazo.
Mientras, Henry Fonda se embarca en su peor interpretación como el cientifíco que se inyecta el veneno abejorro, para probar el antídoto en su laboratorio.Pero es Katharine Ross la que se lleva la palma, incorporando a una peculiar doctora militar, sin parar de mover la melena al ritmo de las abejas e incapaz de salvar ninguna vida, salvo la suya.
Lo que distingue a "El Enjambre" de sus también trashy antecesoras es su absoluta falta de coherencia en la trama, donde los personajes son, ante todo, figurantes de derribo.
Como todas las películas de catástrofe, impone el impacto al drama y malgasta a manos llenas los talentos de sus extensisímos repartos.
Pero "El Enjambre" da risa, con los momentos de los ataques en cámara lenta, y los actores gritando "¡Nooooo!".

Irrumpen diálogos delirantes del tipo: "¡Se trata de una masa negra en movimiento!", "¿Me estás viendo a mí o a una abeja?" y, sobre todo, el gran favorito, soltado por el militar que interpreta Richard Widmark: "Doy valor a mi enemigo, sin importar la especie".
Las alucinaciones de los infectados, protagonizadas por una abeja gigante, dan mayor realce a este guilty pleasure definitivo y decididamente punzante.

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